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Los refugiados de los que nadie se acuerda

El anhelo de volver al Sáhara Occidental mantiene a unas 170.000 personas en un territorio inhóspito, aunque las nuevas generaciones no se resignan a esperar

Jorge Alonso / Ical


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Dos muros, uno de arena y otro de silencio. El pueblo saharaui vive sepultado por el olvido de un conflicto que comenzó hace 42 años y que no parece tener solución. Mientras la crisis humanitaria en Siria hizo saltar las alarmas de la comunidad internacional, unas 175.000 personas resisten de forma feroz en el desierto, a unos 2.000 kilómetros de España, sin que su situación conmueva la conciencia de Occidente, salvo en visitas fugaces como las que protagonizan en Semana Santa miles de españoles.

Sin agua, con temperaturas extremas y con el único soporte de la ayuda humanitaria, los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf (Argelia), los segundos más grandes del planeta, mantienen viva la llama de una reivindicación nacional del siglo XX. Su demanda continúa siendo la misma desde hace décadas, recuperar el control del Sáhara Occidental, antigua colonia española hasta que en 1976 Marruecos y Mauritania la ocuparon y obligaron a este pueblo a iniciar un camino del mar hacia el desierto.

El reloj parece detenerse en los campamentos en los que se asentó la población -Smara, El Aaiún, Smara, Dajla, Auserd y el 27 de Febrero-. La vida continúa siendo la misma de hace 42 años, cuando llegaron a este lugar, en el que no han conseguido sobrevivir ni los pájaros, ni los lagartos. Sin recursos, ni oportunidades, no renuncian a su lucha, aunque comienzan a germinar pequeños negocios y algunos jóvenes buscan más confort en la cercana Tinduf y en el ejército argelino.

La provisionalidad inicial ha tornado en estructuras definitivas, similares a las de un mini Estado, en el que no se olvida la importancia de la educación, como forma de frenar el auge del terrorismo yihadista, pero tampoco la sanidad. La mujer, en ausencia de los varones, es la columna vertebral de la sociedad, tanto para la manutención como para la organización familiar, en la que los hombres a menudo abandonan a sus esposas para emprender una nueva vida sin cargas.

El aislamiento está prácticamente roto. La reciente llegada de electricidad a todos los campamentos, excepto a El Aaiún, el más cercano a Tinduf; la cobertura telefónica e incluso el internet 4G, acerca a este pueblo al mundo tecnológico, a sus familiares en países europeos y a España, un lazo que conservan los que un día de niños lo visitaron. Camellos y cabras son los únicos animales que acompañan a los saharauis que comienzan a levantar casas de bloques de cemento y tejados de uralita metálica, algunas con aire acondicionado, frente al barro y las jaimas del pasado.

Libertad o guerra

Las nuevas generaciones no se resignan. Comienzan a mostrar signos de cansancio en la defensa de una reivindicación que ha inoculado en ellos una sociedad, que tuvo que dejar su patria, un dolor que ellos no han sufrido. Para ellos, su tierra, pese al esperado regreso al Sáhara Occidental, son los campamentos ubicados en suelo argelino, la nacionalidad que reza en su pasaporte.

Los jóvenes continúan con sus vidas, celebran bodas y montan negocios, pero el que puede abandonar los campamentos, se marcha, aunque tratan de conservar sus lazos familiares. También hay quien decide abandonar Europa para contraer matrimonio con chicas saharauis, aunque ello suponga iniciar una vida en un desierto sin apenas futuro. Todo ello abre una encrucijada para los jóvenes que aseguran ver solo dos salidas: la guerra o la libertad.

Yagu Abdalahi Mohamed, un policía veinteañero, que comanda un grupo de varias decenas de hombres, no duda en reclamar “su tierra”. “No hay trabajo ni dinero, no podemos seguir así. Libertad o guerra”, asegura de forma espontánea. También Hanna Bachan, de 25 años y trabajadora del Archivo de Información, explica que no quieren volver a tomar las armas, pero añade que si ésta es la única salida, están “dispuestos a luchar”.

“No queremos estar más aquí. No queremos volver al Sáhara si es un territorio ocupado. Nos persiguen por nuestra lengua, vestimenta y cultura”, añade. Su testimonio contradice la visión de los hombres y mujeres que tuvieron que partir en medio de una nube de bombas y ataques. Éste es el recuerdo que guarda de aquellos primeros meses de 1976, Galat, una mujer de mediana edad que mantiene su casa, en la que viven tres hijos y cuatro nietos.

Otro hombre, de 68 años que continúa trabajando como conductor de coche, no borra de su mente el sonido de la armas y la represión contra la población civil, mientras los soldados españoles abandonaban los cuarteles. Otros como Soliman conservan sus documentos de identidad españoles, último símbolo de su conexión con España.

Hasta la victoria final

La batalla saharaui acaba de colarse en la actualidad, con varios pronunciamientos judiciales que inclinan la balanza hacia el lado de los más débiles, que conservan la moral para llegar a la victoria final, como se encargaron de recordar las autoridades locales en el último viaje institucional de representantes de Castilla y León a los campamentos.

“Somos un pueblo en lucha y combate, que no desiste”, advierte el presidente del parlamento saharaui, Jatri Aduh, quien considera que vale la pena sacrificarse para no aceptar la invasión. Sin embargo, aseguran que no hay rencor en sus corazones hacia sus vecinos marroquíes, según el presidente de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), Brahim Ghali, quien valora la apuesta de este pueblo por conservar la lengua española y su ‘ñ’ en los libros de texto.

“Vivimos en un rincón del desierto del desierto”, exclama el ministro de Cooperación, Bullahi Sid, quien exige una solución “justa y definitiva” para un pueblo que resiste unido y decidido a continuar puesto que insisten en que “viven peor” en las ciudades y pueblos del territorio ocupado. De hecho, el presidente de la Asociación de Familiares de Presos y Desaparecidos Saharauis (Afapradesa), Abdesalam Omar, denuncia más de 30.000 detenciones arbitrarias por parte de Marruecos, que recuerda mantiene a 64 detenidos políticos en sus cárceles.

Sustento humanitario

La crisis pasó factura al pueblo saharaui, con una reducción de la aportación de las instituciones, según denuncia el presidente de la Medina Luna Roja Saharaui, Buhabbayni Yahya. La médico zamorana y expolítica Rosa Valdeón destaca el compromiso de cirujanos, oftalmólogos o ginecólogos que cada año visitan los campamentos para atender a la población. Valora que este pueblo, hermano del español, pretenda recuperar su patria y la paz sin revancha.

Finalmente, la presidenta de la Unión de Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui en Castilla y León, Inés Prieto, advierte de las consecuencias de la reducción de caravanas de alimentos y recuerda el compromiso asumido para mejorar el tejado del hospital de Smara. Su organización trabaja para captar nuevas familias que acojan niños en verano. “Son el pilar fundamental”, recuerda para apoyar a los que en unos años se convertirán en jóvenes, chicos que -lamenta- tienen unas vidas “estancadas”.

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